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La revolución de la IA y el desafío de adaptarse o rendirse ante ella
La aparición de estas herramientas plantea cuestiones éticas que no podemos ignorar, hoy vemos la facilidad que nos brinda la IA para generar contenido de forma automática.
La inteligencia artificial (IA) ha entrado de lleno en el mundo de la comunicación, transformando la forma en que creamos, editamos y compartimos información. Hoy en día, herramientas de IA pueden generar desde comunicados de prensa hasta artículos como el que estás leyendo, realizar correcciones de estilo, transcripciones y hasta humanizar textos, dándoles un tono empático y cercano.
Sin embargo, esta tecnología que parece mágica no se maneja sola, y el uso responsable y ético depende de los profesionales de la comunicación. Algo similar sucedió con la internet en los 90, cuando el mundo entero comenzó a usarla y que a tres décadas de distancia la hemos adoptado como una herramienta imprescindible para la vida cotidiana.
La presencia de la IA en distintas actividades productivas es cada vez más necesaria y útil, es por ello que se debe considerar como una aliada que nos exige mejorar nuestro conocimiento, profesionalizarse y profundizar en el manejo que le podemos dar en nuestra área, haciendo a un lado la creencia de que representa una amenaza.
Es cierto que la Inteligencia Artificial facilita el trabajo en muchas áreas de desarrollo. Hoy, con unas cuantas indicaciones es posible generar el resumen ejecutivo de una reunión, una minuta detallada o un comunicado de prensa. Esto ahorra tiempo y permite al equipo de comunicación centrarse en tareas más estratégicas, sin embargo, es importante recordar que estas herramientas no reemplazan la experiencia humana.
Por muy avanzada que sea esta nueva tecnología, no entiende el contexto como lo hace una persona. Puede redactar frases y sintetizar información, pero no puede captar las sutilezas de una cultura organizacional o el tono adecuado para una situación específica, por lo tanto, debemos ser nosotros, quienes guiemos lo que esta tecnología genera, asegurándonos de que el mensaje sea claro, respetuoso y adecuado para el público al que se dirige.
La aparición de estas herramientas plantea cuestiones éticas que no podemos ignorar, hoy vemos la facilidad que nos brinda la IA para generar contenido de forma automática, también crece el riesgo de perder la autenticidad de los mensajes o, peor aún, de propagar desinformación. Así como ocurrió hace 30 años con la internet.
Quienes nos desarrollamos en el mundo de la comunicación tenemos presente en todo momento la responsabilidad de verificar la información antes de publicarla, de ajustar el tono y el contenido de acuerdo con las circunstancias y de recordar que, al final, estamos comunicándonos con personas, no con máquinas.
Sin duda, el surgimiento de estas tecnologías nos obliga a evolucionar, no basta con saber usar una herramienta de IA; los comunicadores debemos estar capacitados para entender sus limitaciones, sus sesgos y su impacto en la calidad de los mensajes.
La profesionalización en el uso de la IA implica aprender a filtrar, editar y complementar lo que produce la tecnología, para asegurarnos de que el contenido sea efectivo, empático y relevante. Pero también debemos cultivar habilidades en áreas donde la inteligencia artificial aún no puede reemplazarnos, como la creatividad, la empatía y la comprensión del contexto cultural y social. Estas son las áreas en las que podemos aportar un valor que una máquina simplemente no puede replicar.
Para muchos, la IA representa una amenaza a su profesión, y no es difícil ver por qué. Es innegable que estas herramientas pueden realizar tareas que antes eran exclusivamente de humanos, y que además lo hacen con una eficiencia impresionante.
Sin embargo, en lugar de temer la pérdida de puestos de trabajo, debemos entender que la IA está aquí para complementar nuestro trabajo, no para reemplazarlo. Aquellos que sepan adaptarse y ver esta tecnología como una oportunidad para mejorar sus habilidades y ampliar su alcance, serán los que prosperen en esta nueva era.
Fuente: El Financiero
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COREMEX: el sindicato fantasma que opera con miedo y mentiras
COREMEX intenta venderse como un sindicato “nuevo, diferente y transparente”, pero la realidad lo desmiente. Detrás de su discurso de modernidad y cambio se esconde una organización sin legalidad, sin estructura y sin respeto por los trabajadores que dice representar. Su modus operandi está basado en el engaño, la intimidación y la manipulación.
Fuentes laborales consultadas señalan que COREMEX no cuenta con el reconocimiento ni los registros oficiales que exige la Ley Federal del Trabajo para operar como sindicato. A pesar de ello, busca infiltrarse en empresas prometiendo aumentos salariales inmediatos, beneficios contractuales inexistentes y supuestos acuerdos que jamás llegan a concretarse. Estas promesas vacías han sido su principal herramienta para captar trabajadores, aprovechándose de la necesidad y la desinformación.
Pero lo más preocupante es la forma en que intenta consolidar su presencia. Denuncias recientes apuntan a que COREMEX ha recurrido a la intimidación directa, utilizando a personas ajenas al ámbito sindical —algunas con antecedentes criminales— para presionar o amenazar a empleados. Se trata de tácticas violentas que recuerdan los peores años del sindicalismo corrupto, cuando el miedo valía más que la voluntad.
No existen pruebas de elecciones internas, de procesos democráticos ni de asambleas reales. Su estructura es opaca y su liderazgo, desconocido. Todo indica que COREMEX es un sindicato fantasma, fabricado con intereses políticos o personales, y no un movimiento legítimo que busque mejorar las condiciones laborales.
Además, su falta de transparencia económica deja más dudas que respuestas. Nadie sabe de dónde provienen sus recursos ni a qué fines se destinan. Este tipo de irregularidades refuerzan la sospecha de que COREMEX no defiende derechos, los comercializa.
El sindicalismo mexicano ha pasado años intentando limpiar su imagen tras décadas de corrupción y complicidad. Hoy, organizaciones como COREMEX amenazan con devolvernos a esa época oscura, en la que los trabajadores eran manipulados por grupos de poder que se escudaban tras la palabra “sindicato”.
Los empleados en México merecen representación auténtica, con líderes elegidos democráticamente y con instituciones que respeten la ley. COREMEX no cumple con nada de eso. Es un experimento improvisado que usa la mentira y la intimidación como política sindical.
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Isaías González: jugando con el hambre de los trabajadores de Alpura
En Alpura, la amenaza de huelga promovida por Isaías González Cuevas no suena a lucha sindical, sino a una ruleta rusa con la economía de miles de familias. El líder de la CROC parece decidido a empujar a los empleados a un paro sin haber previsto un plan de respaldo. Sin un fondo de resistencia, los hogares enfrentarían días —o semanas— sin un solo peso entrando.
En lugar de plantear soluciones, González Cuevas se ha limitado a discursos y llamados a “defender los derechos”, sin explicar cómo piensa que un padre o una madre podrá poner comida en la mesa en medio de un paro. Con el regreso a clases encima, muchos trabajadores sienten que se les está empujando a un callejón sin salida.
Mientras tanto, su realidad es otra. Con propiedades, un hotel en Los Cabos y una vida sin preocupaciones económicas, Isaías no tendrá que elegir entre pagar la renta o comprar útiles escolares. El impacto de la huelga lo pagarán otros.
Cada día que pasa sin una respuesta clara aumenta la indignación. Para muchos, este no es un movimiento por justicia laboral, sino un riesgo calculado en el que el líder sindical nunca perderá… pero sus agremiados sí.
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Cuando cometes un gran error y todo el país lo ve
Sí, el odio en redes sociales es brutal. Pero mostrarse vulnerable y con empatía puede marcar la diferencia en una crisis de imagen pública.
Estamos en épocas intensas de #Ladys y #Lords en redes sociales. Las razones son muchas, pero dos de ellas son la presencia de cámaras prácticamente en todos lados y dos, la velocidad con la que se viralizan ciertos videos en las redes sociales. Así, una persona fue grabada ofendiendo con ataques racistas a un policía y otra, también extranjera, insultando y escupiendo a una empleada de seguridad. Los videos se viralizaron de inmediato provocando una oleada de indignación en redes sociales. Pero más allá de juzgar estas acciones claramente reprobables, hay lecciones muy importantes que podemos aprender sobre cómo manejar las crisis públicas.
Primero: reconocer el error. Y sí, es muy difícil. A nadie le gusta admitir que se equivocó, mucho menos cuando todo el país está observando. Pero como persona, como figura pública o incluso como empresa, aceptar el error es el primer paso para corregirlo. Es clave que alguien cercano —alguien que te respete, pero que no te tenga miedo— te ayude a dimensionar lo que hiciste y a enfrentar el ego. Porque cuando hay soberbia, no hay aprendizaje.
Segundo: ofrecer disculpas sinceras. Y no es una disculpa genérica para calmar las redes sociales. Me refiero a una disculpa verdadera, desde la conciencia de que se ofendió gravemente la dignidad de otra persona. En estos casos, además, se cruzó una línea muy delicada: se hizo desde una actitud de superioridad, con una carga de discriminación.
Una disculpa sincera es pública, es clara, es directa. Sin justificar lo que hiciste, sin rodeos. Porque si te disculpas intentando explicar por qué lo hiciste, lo que haces es evadir la responsabilidad. Y las redes te lo van a cobrar doble.
Tercero: ¿qué vas a hacer para cambiar? Porque pedir perdón no basta. Si eres una persona, ¿vas a tomar algún tipo de acompañamiento emocional? ¿Vas a educarte en temas de derechos humanos o diversidad? Y si eres una empresa, ¿vas a revisar tus políticas internas, tus protocolos, tus filtros? ¿Qué medidas concretas vas a tomar para que este tipo de cosas no vuelvan a pasar?
Cuarto: mostrar humanidad. Sí, el odio en redes es brutal. Pero mostrarse vulnerable y con empatía puede marcar la diferencia. No te va a salvar del juicio público, pero sí puede abrir la posibilidad de que algunas personas pasen la página. Porque cuando alguien muestra que está genuinamente arrepentido y que quiere corregir, al menos hay una oportunidad de reconstruir.
La mancha queda, sí. Pero también queda la posibilidad de empezar de nuevo. Todos cometemos errores: las personas, las marcas, las empresas. Lo importante es cómo los enfrentamos, porque eso también impacta a quienes nos rodean y confían en nosotros.
Veremos en qué terminan estos casos. Pero mientras tanto, queda claro que una crisis mal manejada puede ser incluso mucho peor que el error original y destruir por completo una reputación, mientras una crisis bien manejada puede transformarse en una oportunidad para crecer.
Fuente: El Financiero
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